EDITORIAL - JUAN DE LOS PALOTES

Noticias 02 de julio de 2018 Por
LA BANDERA DE LA HONESTIDAD FLAMEA A MEDIA ASTA
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En la Argentina permanentemente suceden hechos que permiten ser analizados objetivamente, y en simultáneo, como metáfora de lo que somos y de nuestras decisiones.
Los buenos de la película de un momento a otro pasan a ser villanos. Un tema nos conmueve y nos transforma en especialistas. Una semana después ese tema es despreciado y lo reemplazamos en nuestra agenda de consumo mediático por Jorge Rial y el cinturón gástrico de su hija Morena.
Hay un tema que hoy solo interesa a 44 familias . Hace 6 meses todos éramos idóneos en materia de submarinismo y aguas profundas.
El 16 de noviembre de 2017 a la tarde, el sitio Infobae publicó una noticia sobre «un submarino argentino perdido a la altura de Puerto Madryn. El ARA San Juan irrumpía en los medios y casi llenaba nuestras vidas.
Al día siguiente, la Armada Argentina informó que el 15 de noviembre a las 7:30 se había perdido contacto con el submarino con 44 personas a bordo y que «en el día de la fecha se han iniciado las operaciones para retomar comunicaciones»
Primero un medio de comunicación. Después el gobierno.
El 23 de noviembre, ocho días después de la desaparición, la Armada informó que registros hidrosónicos del miércoles 15 de noviembre , permitían suponer que se había producido en el ARA un «evento anómalo singular corto violento y no nuclear consistente con una explosión». El submarino podría haberse hundido como consecuencia de la explosión ; y aclaró que estaba descartado que se tratara de un ataque .
Entre la fecha de la desaparición y el reconocimiento de la explosión circularon versiones de todo tipo. Avería en las baterías. Aparato vetusto . Chatarra típicamente nacional. Ingreso de agua por el sistema de ventilación. Luego de todas las versiones, el gobierno -apelando a eufemismos- reconoce la explosión.
La Armada nunca se refirió explícitamente a la suerte corrida por el submarino, pero los familiares de los tripulantes manifestaron su dolor dando por hecho que sus seres queridos habían fallecido.
El 25 de noviembre la diputada nacional Elisa Carrió, afirmó en un programa televisivo: "tengo que decirlo, están muertos".El 30 de noviembre el gobierno argentino consideró que no había posibilidades de encontrar vivos a los tripulantes y ordenó dar por terminada la búsqueda , pero sin decretar duelo nacional.
Para ese momento 49 buques y aviones pertenecientes a once países (Argentina, Alemania, Brasil, Chile, Colombia, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Noruega, Perú y Uruguay) participaban en la búsqueda sobre un área equivalente a todo el territorio de España. Las cínicas relaciones internacionales alimentan la suposición de que tal vez alguno de esos buques pertenecía al país cuya nave terminó con el ARA San Juan.
Sin abrumar; es preciso repasar algunas fechas.El 16 de noviembre el periodismo da cuenta de un submarino perdido. Un día después el gobierno admite haber perdido comunicación con la nave. El 23 de noviembre la Armada reconoce la explosión, pero, aquí lo extremadamente paradójico: el incidente había ocurrido el 15 de noviembre. Se sabía de la fecha de explosión y sin embargo la comunicación se había perdido dos días después.
Las preguntas de rigor: ¿Por qué nos enteramos por los medios antes que lo informe el gobierno? ¿Por qué se alimenta la hipótesis de alguna avería para luego contradecir las versiones oficiales reconociendo una explosión con fecha anterior a esos supuestos inconvenientes técnicos? ¿Era necesario el paso del tiempo para diluir pruebas de violaciones al derecho marítimo internacional? ¿El ARA San Juan explotó luego de ser alcanzado por algún proyectil? No hay documentos oficiales que indiquen que al submarino argentino se le ordenara expresamente que violara la Convención sobre el Derecho del Mar que delimita el derecho de persecución. Sí, en cambio, en su penúltima navegación.
El 9 y 10 de julio de 2017, cuando el ARA San Juan detectó un submarino nuclear presumiblemente británico por la zona en que navegaba, lo hizo violando convenios y tratados internacionales.
El 24 de octubre también se dispusieron tareas de inteligencia sobre buques pesqueros que operan fuera de las 200 millas, también violatorias de las regulaciones trasnacionales.
Estas acciones ilegales fueron cumplidas a pie juntillas por el capitán de fragata Pedro Martín Fernández . El mismo hombre que estaba al frente del submarino a la hora de la desaparición y muerte de sus 44 ocupantes (uno más de lo permitido por diseño). Preservando el buen nombre y honor de Fernández, a quién podríamos incluir en una casi "obediencia debida", no parecería ciencia ficción conjeturar un ataque a nuestra nave después del relato precedente.
En la historia hay que incluir explicaciones de Macri a los familiares de las víctimas que profundizaron el dolor y la impotencia. Marchas. Acampes. Sentadas. Formas de reclamo bien argentinas. Todas infructuosas.
El último dato de esta alegoría tan nacional se produjo la última semana de junio: la licitación por la empresa que iba a realizar las tareas de búsqueda quedó desierta, después de que el Ministerio de Defensa rechazara a la firma preadjudicada por detectar inconsistencias en su declaración jurada.Después de confirmarse este rechazo a la compañía española Igeotest Geociencias y Exploraciones, no han trascendido informaciones oficiales de que manera se continuará con la instancia licitatoria.La firma había sido una de las nueve ofertas que se conocieron a principios de mayo pasado. En esto también se observa una macabra línea de coherencia para no encontrar al submarino. A esta altura de las circunstancias no cabe duda que el paso del tiempo es una jugada pergeñada y obra a favor del ocultamiento.
Hecha la cronología de los acontecimientos más importantes se puede concluir mencionando situaciones que se repiten a lo largo de nuestra historia: Hechos de vida o muerte que son revelados por los medios de comunicación y recién después reconocidos por los gobiernos. Dudas sobre el mantenimiento mínimo y necesario de algún tipo de maquinaria o aparato vital para cualquier estado. Procedimientos decididamente ilegales llevados adelante como políticas de estado.
Hay un hecho significativo de este 2018 que muy pocos advirtieron. Los veteranos de Malvinas en el último 2 de abril incluyeron en su reconocimiento a los caídos, y en un plano de igualdad, a los 44 tripulantes del ARA San Juan. Acaso una analogía de lo ocurrido en 1982. Argentinos caídos en el cumplimiento de su deber. Primero héroes. Después el olvido lacerante. La ciclotimia de nuestra idiosincracia.
Argentina es un país que mata o deja morir a argentinos valiosos, de esos con los que se podría alimentar el sueño de cambio. Y los vuelve a matar con olvido o desidia.
La verdad se esconde en la bruma de un gobierno que hacía de la honestidad una bandera. Esa bandera está mojada de agua y lágrimas saladas. Y con sangre de submarinistas. Nuestra historia parece repetirse con muertos cuyos cuerpos no aparecen. Para que aparezca nuestra argentinidad más nefasta. La que nos condena a deambular por un círculo vicioso de políticos que se travisten en una u otra ideología, representando fielmente a una sociedad que no quiere reconocer su propia imagen, en el espejo de la clase dirigente.